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Archive for the ‘Anécdotas’ Category

Testimonio del Pastor Ducasse, ex-brujo haitiano

septiembre 28, 2011 Deja un comentario

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Hasta que el ministerio nos separe, 3ra parte

abril 3, 2011 Deja un comentario

Ver aquí la segunda parte

Matías: Yo sentía que estaba logrando mis ansiados sueños para el ministerio: «sermones transformadores», un grupo de jóvenes revitalizado, una congregación que crecía y un liderazgo de impacto en la comunidad. No obstante, acarreaba aún una profunda herida en mi corazón. Necesitaba con desesperación la afirmación de la gente. Su aprobación me resultaba más importante que la aprobación de mi esposa. Me estaba sacando un «diez» en el ministerio, pero un «cero» en mi propio matrimonio.

La ira me llevaba a buscar la forma de controlar a Julia, y cuanto más intentaba controlarla más se alejaba de mí. En lugar de sanar esta herida el éxito pastoral simplemente la abrió mucho más. Buscaba los aplausos de la congregación, pero el enojo de Julia convirtió el reconocimiento de la gente en algo amargo y barato. Sentía que constantemente debía cubrirla. Las personas en la congregación preguntaban: «¿Dónde está Julia hoy?» y yo continuamente presentaba excusas para ella, pues pasaba cada vez más tiempo en el centro de consejería.

Solamente Nancy conocía la verdadera historia que vivíamos, pues yo me esforzaba por esconder nuestros conflictos matrimoniales. La necesidad de estar escondiendo me produjo profundos sentimientos de tristeza e ira. La ira me llevaba a buscar la forma de controlar a Julia, y cuanto más intentaba controlarla más se alejaba de mí.

Ocasionalmente veíamos alguna nueva chispa del amor entre las cenizas del desprecio. Un año, en nochebuena, por ejemplo, estábamos sentados solos entre papel de regalos, cajas y envoltorios. Los niños habían abierto sus obsequios y jugaban felices. Le tomé la mano a Julia y le confesé: «Este año ha sido muy duro. No sabes cuánto lo lamento», le declaré con ternura: «realmente te amo». Julia estalló en llanto. Nos abrazamos, entre papeles, y lloramos juntos. Fue un momento de ternura, un momento que volvió a encender nuestro anhelo de intimidad y compañerismo.

Claro, no se puede sanar un matrimonio quebrado en un solo instante, y yo no sabía cuán profundamente Dios quería transformar mi propia vida. Aún no lograba comprender el corazón herido de Julia. Ella estaba enojada conmigo y con la congregación. Nuestros sueños habían degenerado en desdeño. Ella solía llegar tarde del centro de consejería y acabábamos discutiendo. Yo regresaba tarde de las reuniones de la iglesia y acabábamos discutiendo.

Continuará…

Gracias a Ursula Hahn

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Hasta que el ministerio nos separe, 2da. parte

marzo 10, 2011 2 comentarios

Ver aquí la primera parte

2da. parte

Matías: Yo no tenía grandes expectativas de la iglesia, ni tampoco de mi matrimonio (por lo menos así lo creía), pero sí esperaba grandes cosas de mí mismo. Desafortunadamente no me daba cuenta cuán profundamente estaban vinculadas estas expectativas a las heridas no sanadas de mi alma. Soñaba con ser un pastor «fiel», que amaba a las personas, predicaba sermones inspiradores y desarrollaba una nueva visión para la congregación. Y por supuesto que esperaba que Julia me ayudara en esto, pues esta siempre había sido «nuestra» visión.

Me tomó por sorpresa cuando Julia compartió su frustración y el dolor que sentía como esposa de pastor. Me repetía que sentía «que en la iglesia todos son más importantes que yo». Yo no conseguía entender la profundidad de su angustia. Pensaba que lo que necesitaba era solamente resolver el tema de su desconsuelo y enojo, por lo que minimicé sus sentimientos y me entregué con aún más fervor a la tarea de edificar al cuerpo.

Luego, poco tiempo después del nacimiento de nuestro cuarto hijo, mi hija me llamó a la iglesia y me dijo: «Papá, será mejor que vengas a casa. Mamá se ha desplomado sobre el piso y dice que de allí no se mueve. ¡Creo que está muerta!» Di un suspiro y volví a casa para revivir a mi melodramática esposa. Estaba convencido de que yo era un buen pastor y esposo. ¿Acaso no me tomaba un día de descanso por semana? Claro, el tema de la iglesia era para mí una obsesión, pero al menos estaba en casa.

Cuando miro hacia atrás me doy cuenta de que atesoraba a la iglesia y atesoraba a mis hijos, pero no tenía idea de cómo valorar a Julia —y mi excesiva ocupación y arrogancia no me permitían aprender.

Hacia el desprecio

Julia: Hice un voto de no convertirme en una esposa de pastor amargada, por lo que desarrollé una vida por fuera de la iglesia y del sueño que alguna vez habíamos compartido. Si Matías no estaba disponible para mí ni la iglesia mostraba interés en aprovechar los dones que yo tenía —razonaba—, entonces no veía por qué debía pasarme la vida sola y triste.

Su esfuerzo permitió que nuestra frágil unión sobreviviera un tiempo más, pero yo no me veía como pecadora en esta situación. Terminé un título en consejería y me lancé a un ministerio paralelo en un centro de consejería. Me obligaba a asistir a las reuniones de la iglesia, pero a mis ojos «la congregación era de Matías». Yo había organizado reuniones sociales, estudios bíblicos, grupos caseros, reuniones de oración y seminarios —pero todos terminaron en un aparente fracaso, así que me di por vencida. La congregación y yo no congeniábamos.

Además, desde mi perspectiva, Matías había permitido que la congregación se devorara su vida personal y nuestro matrimonio. No había sabido establecer límites, animando a las personas a que invadieran nuestra vida personal cuando lo quisieran. En su día de descanso el cuerpo de Matías estaba presente en casa, pero su mente y corazón seguían con la congregación.

Había una persona en la congregación que sí conocía la profundidad de mis luchas, una mujer sabia llamada Nancy. Ella se convirtió en nuestro mentor y mediadora. Ocasionalmente ella nos acompañaba hasta tarde, escuchando atentamente mientras le relataba mi agonía y enojo. Compartía la desilusión que sentía hacia Matías. Ella me confrontaba tiernamente con mi pecado, mi necesidad de entender la perspectiva de quienes pertenecían a la congregación. Me animaba a perseverar en la tarea de lentamente producir cambios en un entorno resistente a ellos.

Luego Matías compartía su fastidio con mi persona. Nancy también lo confrontaba con su pecado y lo animaba a invertir más en nuestro matrimonio. Ella estaba llevando a cabo un proceso extraordinario de consejería, intentando desesperadamente tender puentes que cerraran la brecha entre nuestro mutuo desprecio.

Su esfuerzo permitió que nuestra frágil unión sobreviviera un tiempo más, pero yo no me veía como pecadora en esta situación. Resultaba conveniente echarle la culpa a Matías por todo, pero parte de mi soledad y angustia no tenían nada que ver con él ni con la congregación. Las propias heridas de mi niñez impedían que confiara en otros. También me costaba aceptar a las personas buenas de la congregación por lo que eran. En lugar de esto, cerré mi corazón incluso a los que intentaban amarme, aun cuando fuera a su propia manera.

Continuará…

Gracias a Ursula Hahn

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Hasta que el ministerio nos separe

marzo 5, 2011 2 comentarios

Este es un testimonio que me llegó hace varios días a mi correo y quiero compartirlo con ustedes, voy a dividirlo en varias partes ya que es un poco extenso.

***

Primera Parte

Hasta que el ministerio nos separe

Servir a Cristo como matrimonio es uno de los privilegios de quienes han sido llamados al ministerio pastoral. Cuando las responsabilidades ministeriales no se manejan correctamente, sin embargo, puede acabar con la vida de la pareja.

Hasta que el ministerio nos separe

Dieciocho meses después de nuestra boda nació nuestro primer hijo. Un mes más tarde entramos a un seminario, anhelando una vida de servicio en el ministerio. Después de diez años, sin embargo, nuestros sueños ministeriales se habían convertido en pesadillas matrimoniales. Ministrábamos a otros matrimonios mientras que nuestra propia relación se había quebrado.

Aunque nunca mencionamos la palabra «divorcio», ambos sabíamos que nuestro matrimonio se hundía. Al igual que dos personas que se ahogan, peleábamos continuamente, buscando con desesperación el aire que tanto necesitábamos, hasta que casi era demasiado tarde.

Esta es la historia de nuestro naufragio, pero también es la historia de nuestra sorprendente experiencia con la gracia de Dios, que sanó y restauró nuestro matrimonio.

Sueños de servicio

Julia: Luego de cuatro agotadores años en el seminario —padeciendo la lucha de mi esposo con el griego y la hermenéutica, viviendo con un presupuesto ajustado, dando a luz dos hijos, trabajando hasta la medianoche como mesera— Matías finalmente se graduó. Habíamos obtenido el premio, y ahora la vida mejoraría, pues creíamos que sería más fácil y «normal».

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. En junio de ese año nos mudamos a nuestra primera congregación, una pequeña iglesia rural. Yo tenía expectativas y sueños para esta pequeña congregación. En lo práctico, tomé por sentado que ellos cubrirían adecuadamente nuestro salario. En lo espiritual, me entusiasmaba acompañar con orgullo a mi esposo, compartiendo mis dones, mis ideas y mi pasión por el ministerio.

La realidad de la iglesia, sin embargo, rápidamente echó por tierra nuestros sueños.

En la primera Navidad programé un encuentro especial para la congregación, una reunión en la casa pastoral. Durante días preparé el hogar para este encuentro de amor, decorando con cuidado la casa y preparando deliciosos bocadillos para compartir con aquellos que decidieran acompañarnos. Cuando llegó el día, no apareció nadie. Luego de esperar una hora llegó solo una visita. Me sentí profundamente desilusionada.

Cuando llegó el verano, sin embargo, quise volver a intentar. Tomé la lista de miembros de la iglesia y me propuse invitar a cada familia a compartir un helado en nuestro hogar. Comencé con la letra «A» e invité a los Andersons, una familia con tres varones salvajes. En lugar de disfrutar el helado lo chorrearon por toda la casa, arruinando mis sillones y la alfombra, rompieron todo lo que tocaron y se quedaron hasta la medianoche. Me di por vencida, ¡sin siquiera haber llegado a la letra «B»!

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. Creo que ellos tampoco sabían de qué forma conectarse conmigo. Al vivir en un pequeño pueblo con una cultura que no entendía, me sentía como si alguien me hubiera echado en medio de un lago rodeado de una densa bruma. Necesitaba encontrar la forma de nadar hasta la orilla, pero no tenía idea de cómo lograrlo.

Mientras que Matías se entregaba cada vez más de corazón a la congregación, yo comencé a construir un muro de protección alrededor de mis sentimientos. Cuanto más avanzaba mi esposo, más me refugiaba en mi propio caparazón.

Continuará…

Gracias a Ursula Hahn

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Fe y Confianza

noviembre 25, 2010 Deja un comentario

Los Cristianos confiamos en Dios sobre todas las cosas.

1 Corintios 1:18 Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.


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Ayer de camino a la casa…

octubre 29, 2009 1 comentario

Ayer de camino a la casa, luego de un precioso día de trabajo, recorriendo la avenida Abraham Lincoln, me percato que frente a una de las plazas, de “tan concurrida avenida”, está sentada una Señora, no muy mayor, de tez clara y aspecto muy limpio. Con su lentes de sol, observaba todos los carros, y la personas que con mucho afán hacían de superhéroes tratando de obtener un vehiculo de transporte publico con un asiento vacío por lo menos.
No había pasado muy bien en frente de ella, yo también con la prisa y rogando al todo poderoso que la 27 de febrero estuviera “flojita” esa tarde; cuando de repente escucho gritos de desesperación a mi espalda; veo que un muchacho dice: ‘Esa Doña como que e’ loca”, cuando me doy vuelta me doy cuenta que es la misma señora calmada y fresca que había observado no hacía ya un minuto.

Pero lo que me causó curiosidad no era la forma en que gritaba, si no, como parecía que le gritaba a alguien en específico y le reclamaba “LA VERDAD”, no agredía a los transeúntes, se puede decir que era una “loca mansa”; me dio mucha pena, quizás con un tratamiento psicológico a tiempo, se evitaba que la señora llegara hasta ese punto, pero ya es muy tarde quizás.

Ojala que a la señora le puedan decir esa verdad que tanto le frustra su existencia, ojala que esa sea la cura para su problema psicológico. Pero, me pregunto yo: ¿Estará ella preparada para esa verdad que tanto anhela saber? ¿O será que ella tiene conocimiento de esa verdad y aun no acepta la realidad?, ¿No seremos nosotros muchas veces como esa señora?, ¿Será verdad que no todas las verdades se dicen?, ¿O puede ser que sepamos ciertas verdades pero no queremos aceptar y mejor no admitimos?

Creo que la señora no está tan mal de la cabeza, solo está un poco confundida; a diferencia nuestra, ella expresa lo que siente, solo que quizás nunca la escucharon y ahora esta un poco mal de su cabecita; en cambio muchos de nosotros nos guardamos nuestros dolores y a veces siquiera les regalamos esas silenciosas lágrimas a nuestra eterna y muda amiga, nuestra almohada…

Post de Bendecida

PD: Mañana es el cumpleaños #24 de tmac el administrador de este blog, aceptamos donaciones via PayPal al siguiente correo: lary685@hotmail.com, ya lo saben, jeje.

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De todo un poco

marzo 14, 2009 11 comentarios

Ser blogger se ha vuelto parte de mi vida, ya para mi esto no es moda, es algo que está conmigo en el dia a dia.

El pasado post fue mi número 500, en estos dos años y cuatro meses que tengo en la blogsfera de lo único que me arrepiento es de no haber empezado antes.

Recuerdo que cuando yo empecé en estos menesteres, yo tenia que postear todos los dias, recuerdo que el dia en que yo no posteaba hasta me sentia mal, que tiempos aquellos…

Ahora todo es distinto, posteo cuanto lo siento, posteo cuando me inspiro, si no me llega nada a la mente yo no fuerzo la jugada, permítanme abrir un paréntesis: (son las 1:59 am, estoy escuchando un reggaeton y escribiendo este post, que buena es la vida).

Ya este post se va pareciendo a Tirando letras al aire, pero permítanme terminar con una pregunta:

¿Por qué República Dominicana es un pais tan corrupto?

ahhh otra cosita mas, dejenme tirarle esta perlita:

Un policia iba en una motocicleta y le dijo a un chofer de un minibus “Ponte el cinturón que los amets te van a meter preso”… pero el no llevaba el casco protector, ¿Y entonces?… Cosas de la vida.

Saludos.

***

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