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Hasta que el ministerio nos separe


Este es un testimonio que me llegó hace varios días a mi correo y quiero compartirlo con ustedes, voy a dividirlo en varias partes ya que es un poco extenso.

***

Primera Parte

Hasta que el ministerio nos separe

Servir a Cristo como matrimonio es uno de los privilegios de quienes han sido llamados al ministerio pastoral. Cuando las responsabilidades ministeriales no se manejan correctamente, sin embargo, puede acabar con la vida de la pareja.

Hasta que el ministerio nos separe

Dieciocho meses después de nuestra boda nació nuestro primer hijo. Un mes más tarde entramos a un seminario, anhelando una vida de servicio en el ministerio. Después de diez años, sin embargo, nuestros sueños ministeriales se habían convertido en pesadillas matrimoniales. Ministrábamos a otros matrimonios mientras que nuestra propia relación se había quebrado.

Aunque nunca mencionamos la palabra «divorcio», ambos sabíamos que nuestro matrimonio se hundía. Al igual que dos personas que se ahogan, peleábamos continuamente, buscando con desesperación el aire que tanto necesitábamos, hasta que casi era demasiado tarde.

Esta es la historia de nuestro naufragio, pero también es la historia de nuestra sorprendente experiencia con la gracia de Dios, que sanó y restauró nuestro matrimonio.

Sueños de servicio

Julia: Luego de cuatro agotadores años en el seminario —padeciendo la lucha de mi esposo con el griego y la hermenéutica, viviendo con un presupuesto ajustado, dando a luz dos hijos, trabajando hasta la medianoche como mesera— Matías finalmente se graduó. Habíamos obtenido el premio, y ahora la vida mejoraría, pues creíamos que sería más fácil y «normal».

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. En junio de ese año nos mudamos a nuestra primera congregación, una pequeña iglesia rural. Yo tenía expectativas y sueños para esta pequeña congregación. En lo práctico, tomé por sentado que ellos cubrirían adecuadamente nuestro salario. En lo espiritual, me entusiasmaba acompañar con orgullo a mi esposo, compartiendo mis dones, mis ideas y mi pasión por el ministerio.

La realidad de la iglesia, sin embargo, rápidamente echó por tierra nuestros sueños.

En la primera Navidad programé un encuentro especial para la congregación, una reunión en la casa pastoral. Durante días preparé el hogar para este encuentro de amor, decorando con cuidado la casa y preparando deliciosos bocadillos para compartir con aquellos que decidieran acompañarnos. Cuando llegó el día, no apareció nadie. Luego de esperar una hora llegó solo una visita. Me sentí profundamente desilusionada.

Cuando llegó el verano, sin embargo, quise volver a intentar. Tomé la lista de miembros de la iglesia y me propuse invitar a cada familia a compartir un helado en nuestro hogar. Comencé con la letra «A» e invité a los Andersons, una familia con tres varones salvajes. En lugar de disfrutar el helado lo chorrearon por toda la casa, arruinando mis sillones y la alfombra, rompieron todo lo que tocaron y se quedaron hasta la medianoche. Me di por vencida, ¡sin siquiera haber llegado a la letra «B»!

Estas experiencias afianzaron en mí un sentimiento: no me sentía aceptada ni valorada en la iglesia. No encontraba mi lugar en la congregación. Creo que ellos tampoco sabían de qué forma conectarse conmigo. Al vivir en un pequeño pueblo con una cultura que no entendía, me sentía como si alguien me hubiera echado en medio de un lago rodeado de una densa bruma. Necesitaba encontrar la forma de nadar hasta la orilla, pero no tenía idea de cómo lograrlo.

Mientras que Matías se entregaba cada vez más de corazón a la congregación, yo comencé a construir un muro de protección alrededor de mis sentimientos. Cuanto más avanzaba mi esposo, más me refugiaba en mi propio caparazón.

Continuará…

Gracias a Ursula Hahn

Síguenos en twitter: @elrincongozoso

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. marzo 10, 2011 en 12:42 am
  2. marzo 13, 2011 en 3:37 pm

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